Noviembre 2025 Ritual

CONEXIONES PERDIDAS

DE DRPI DSE

Comencemos por donde creo que las cosas rodaron en mi existencia. La ansiedad y la depresión posiblemente estuvieron en mi vida desde que tengo conciencia, en mayores o menores grados. Pero claro, en ese momento, ni siquiera estos términos eran muy utilizados, mucho menos aceptados como realidades. Hoy, después de años de darle vueltas a libros, autores y a mi propia cabeza, algo se me fue armando: una especie de mapa que conecta ideas que parecen lejanas entre sí pero que, cuando las juntas, dibujan un diagnóstico bastante preciso de por qué estamos tan rotos.

Somos el daño colateral del sistema. Del mercado. Eso lo siento con una claridad que ya no necesita argumentación académica, porque lo vivo y lo veo vivir a diario.

I

Dentro de mis achaques filosóficos, vuelvo siempre al mismo punto de partida: el ser. No como burdo cliché, sino como la pregunta más concreta que existe. Heidegger, en Ser y Tiempo, refuta la idea de que somos sustancias aisladas que luego deciden relacionarse con un mundo de objetos. Para él, nuestra condición primordial, el Dasein, es fundamentalmente ser-en-el-mundo-con-otros. No venimos al mundo como yoes sueltos que después se socializan. Nos sumergimos en un contexto social desde el principio. Los otros no son una adición posterior; co-constituyen lo que somos. La coexistencia no es optativa, es estructural.

Y aquí traigo a Confucio, que desde otra tradición y otro siglo llega a un lugar curiosamente similar. Para el confucianismo, la persona es un nodo relacional. La idea de un yo pre-social y autodefinido es una ficción. El hombre vive en sociedad, coexiste con su entorno y con sus semejantes, y esto es así, un hecho. Siendo conscientes de que las relaciones no son horizontales, Confucio asume la existencia de roles jerárquicos y recíprocos, y propone dos parámetros fundamentales: Ren y Li. Ren como la virtud cardinal —humanidad, benevolencia— que se da en las relaciones. Li como los ritos que dan forma y dignidad a esas relaciones. El ritual no es formalidad vacía; es el contenedor donde la relación puede florecer. No a través de una repetición mecánica y sin alma.

Heidegger nos da el fundamento ontológico: tu ser es, desde su raíz, ser-con-otros. Negarlo es vivir de forma inauténtica. Confucio nos da el marco ético y práctico: dado que eres un ser-con-otros, tu humanidad se realiza actuando con benevolencia y respeto ritual en esas relaciones. Juntos, arman una crítica poderosa contra algo que yo veo crecer como una enfermedad silenciosa: la cosificación.

Existe una amenaza fundamental en las relaciones, y es precisamente esa: la cosificación y el ser estandarizado, incluso dentro de una aparnete hiper individualidad. Para Heidegger, es la caída en el Uno, donde el Dasein se pierde en la publicidad y el anonimato de la masa. Es tratar a los otros como herramientas, como cosas presentes, no como sujetos coexistentes. Para Confucio, es la ausencia de Ren, la ruptura de la reciprocidad que hace humana una relación. La cosificación es entonces una doble pérdida: una falla ontológica —una incomprensión de lo que somos— y una falla ética —una negación de nuestra humanidad compartida—. Y la creciente priorización del ser-objeto sobre el ser-sujeto nos lleva a un sentimiento cada vez más grande de desconexión.

II

Krishnamurti nos dice que únicamente en nuestras relaciones con los demás, las cosas y las ideas, podemos observarnos y estudiarnos a nosotros mismos, porque toda vida es relación. Y tiene razón. Casi puedo decir que considero que tiene la razón en básicamente todo lo que dice. Sin embargo, tratar de vivir de la forma que plantea, casi me produce una neurosis. Su postura sobre renunciar a rituales, pertenencias y otros temas de identidad sigue siendo demasiado lejana para la condición actual del ser humano. Quisiera que esa grandeza individual fuera a lo que nos estamos dirigiendo, pero siento que en realidad la pérdida de lo relacional, los rituales, la historia y la pertenencia están destruyendo las relaciones humanas y llevándolas hacia un individualismo vacío. Un individualismo solapado por las redes sociales, que generan una idea de relacionamiento hueca y cómoda.

Las redes se convirtieron en el proveedor patológico de todo lo que perdimos. Ofrecen pseudo-rituales —el scroll infinito, los likes, los swipes— que son adictivos precisamente porque apelan a necesidades humanas profundas, pero las frustran sistemáticamente. Ofrecen una pertenencia débil, basada en el consumo de contenidos y la oposición a otros grupos, no en la convivencia real. Ofrecen historias curadas, una identidad de marca personal que es frágil y necesita constante validación. El resultado no es la relación auténtica que Krishnamurti buscaba. Es una cosificación hiperconectada: nos relacionamos con la representación del otro, con el perfil, convirtiéndonos todos en objetos de consumo dentro de un mercado de atención.

Los rituales digitales carecen de corporeidad y, por lo tanto, de la capacidad de construir humanidad compartida. Un ritual tradicional —una cena familiar, un café tranquilo con alguien— involucra la totalidad del ser: el tacto, el olor de la comida compartida, la mirada directa, la presencia física. Es el Li confuciano encarnado, dando forma y profundidad a la interacción. Los pseudo-rituales virtuales, en cambio, se desarrollan en un espacio abstracto, y tienden a ser juegos donde existe algún tipo de violencia o construcción y destrucción compulsiva. El drama en redes sociales es un ritual de destrucción de reputaciones que crea una intensa pero falsa sensación de pertenencia tribal. El swipe es el ritual supremo de la cosificación: reduce a una persona a una foto y a una decisión binaria. Es un entrenamiento sistemático en la no-consideración del otro.

Y esto no es inocuo. Este reemplazo atrofia la habilidad relacional profunda. Las generaciones que se socializan primariamente a través de estos pseudo-rituales pueden volverse expertas en la conexión superficial y la performance, pero analfabetas en la intimidad sostenida, el conflicto cara a cara y la paciencia que requiere una amistad real o un vínculo familiar. Las relaciones empiezan a ser juzgadas con la lógica de lo digital: si no son inmediatamente gratificantes y de bajo mantenimiento, se las desecha.

III

Llevar este diagnóstico al marco biopsicosocial es donde la cosa deja de ser solo filosófica y se vuelve clínicamente urgente. El ser humano está neurobiológicamente cableado para la conexión segura. La ausencia de esta, activa sistemas de estrés primitivos. La soledad y la falta de apego seguro son interpretadas por el cerebro como una amenaza existencial. Esto activa crónicamente el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (no que yo lo sepa, pero eso dicen), elevando el cortisol de manera sostenida, con todo lo que eso implica: supresión inmunológica, inflamación sistémica, alteración del sueño, daño en el hipocampo y un sinnúmero de otros síntomas que buscamos curar con pastillas, drogas, consumo, etc. todas las delicias que la sociedad actual presenta como lo adecuado.

Las interacciones virtuales, cargadas de ansiedad performática —¿me likeó? ¿qué comentarán?—, mantienen el sistema nervioso simpático en un estado de alerta constante. No hay espacio para que el parasimpático se active plenamente, algo que suele ocurrir en estados de seguridad percibida, mediados por rituales encarnados y la presencia tranquila de otro: un abrazo, una mirada amable, una comida compartida sin pantallas. A nivel neuroquímico, los pseudo-rituales digitales secuestran el sistema dopaminérgico con recompensas impredecibles e intermitentes, muy adictivas, pero que no sacian. Crean un estado de búsqueda compulsiva, a diferencia de la satisfacción profunda que produce una interacción significativa.

A nivel psicológico, la falta de rituales relacionales auténticos es una forma de privación psicoafectiva. Los rituales familiares son el sustrato para formar un apego seguro. Su reemplazo por pantallas individuales fomenta estilos de apego evitativo o ansioso. Sin el feedback rico y multidimensional de las relaciones profundas, el self se vuelve frágil, construido sobre los cimientos movedizos de una imagen online. Muchas versiones superficiales, pero ninguna identidad núcleo sólida. Los rituales encarnados son contenedores para las emociones: una familia que se reúne a hablar, unos amigos que se abrazan en un momento difícil, son sistemas de co-regulación. Las interacciones virtuales fomentan la descarga impulsiva o la represión. El resultado es una disregulación emocional generalizada.

A nivel social, la pérdida de rituales erosiona el capital social, la confianza interpersonal y las redes de apoyo informal. Es lo que Durkheim llamaba anomia: una falta de normas y de sentido compartido. Las pseudo-tribus digitales ofrecen narrativas, pero frecuentemente basadas en la oposición, aumentando la polarización y la hostilidad.

IV

Estoy leyendo Conexiones Perdidas de Johann Hari, y siento que no solo complementa esta discusión sino que la valida empíricamente. Su tesis central es un eco directo de todo lo anterior: la depresión y la ansiedad no son principalmente desórdenes  químicos aislados, sino respuestas comprensibles a un modo de vida disfuncional y desconectado.

Hari identifica un continuo entre infelicidad y depresión, y mapea sus causas como formas de desconexión: desconexión de un trabajo con sentido, de las otras personas, de valores significativos, de los traumas de infancia, del estatus y el respeto, del mundo natural, de un futuro esperanzador. Estas desconexiones no son fallas personales. Son fallas en nuestro modelo de sociedad. La cultura moderna —capitalista tardía, hiperindividualista— ha creado un entorno que sistemáticamente desconecta a las personas de lo que necesitan para estar mentalmente sanas. La solución, por lo tanto, no es solo tomar un antidepresivo, que puede ser un parche útil pero no soluciona la causa raíz, sino reconectar.

Y aquí se manifiesta una paradoja contemporánea que me viene haciendo ruido desde hace rato: las políticas de identidad. Su intención original era visibilizar y dignificar a grupos históricamente oprimidos, bonito. Pero en la práctica, lejos de generar cohesión social, han ido mermando la estructura base de la sociedad al llevar a extremos las diferencias individuales. En vez de producir inclusión con el reconocimiento de estas diferencias, generan divisiones casi irreconciliables, abanderando individualidades, irrelevantes, por no decir bol…s. Se pierde la noción de un nosotros compartido. Se destruye el Li social —los rituales de diálogo y respeto mutuo— sin ofrecer un sustituto viable. La política se reduce a una ontología de la queja y la victimización competitiva, las luchas identitarias, en su expresión performática en redes sociales, se convierten en otro pseudo-ritual más, alimentado por la misma dinámica de construcción y destrucción compulsiva, pero aplicada ahora a las reputaciones de las personas.

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La grandeza individual de la que habla Krishnamurti es inalcanzable si el organismo biopsicosocial está crónicamente estresado, aislado y hambriento de conexión auténtica. Necesitamos trascender la paradoja identitaria reconociendo la diferencia sin convertirla en el centro de todo, apelando a lo que nos une. Necesitamos recuperar un Li moderno: rituales intencionales que fomenten el encuentro auténtico, la corporeidad, el reconocimiento del otro como sujeto y no como objeto. Necesitamos priorizar conscientemente la construcción de comunidades reales y proyectos comunes que nos vinculen por encima de nuestras diferencias.

Sólo reconociéndonos como seres constitutivamente relacionales —Heidegger— y cultivando esa relacionalidad con benevolencia y respeto —Confucio— podremos resistir la lógica cosificadora del mercado. Solo así el ser podrá florecer como lo que siempre fue: un encuentro auténtico entre sujetos. No una transacción entre objetos.